Archivos para Septiembre 2009

Un trébol. Un deseo

Nunca la había visto llorar. La pequeña Lucía siempre se había creído las palabras de su hermana cada vez que iniciaba una de sus rabietas y empezaba a llorar sin más motivo que la búsqueda de atención.

-si sigues llorando así te quedarás sin lágrimas, y nunca más podrás volver a llorar .

Cada vez que escuchaba decir esta frase, Lucía dejaba de llorar instantáneamente, por miedo a quedarse sin lágrimas. En su inocencia, levantaba la cabeza y se quedaba mirando fijamente a esos ojos ya bordados de pliegues y endurecidos por la edad. Desde que tenía memoria, no recordaba haberlos visto llorar ni una sola vez. Seguramente, esos ojos habían malgastado todas sus lágrimas y por eso ahora estaban secos y tristes.

Aquel día, Lucía estaba jugando en el jardín, cuando encontró un trébol de 4 hojas. Las dos hermanas solían pasarse horas buscando tréboles de 4 hojas en el jardín. Si encontraban alguno, pedían un deseo y cuidadosamente lo colocaban entre las páginas de un libro, como su madre les había enseñado, para que se secara. Si el trébol se marchitaba antes de secarse y sus hojas se arrugaban, el deseo no se cumpliría.

Llena de emoción, Lucía arrancó el trébol con cuidado y, aprisionándolo entre sus manos, echó a correr hacia la casa, en busca de su hermana. Mientras subía las escaleras, de camino a la habitación que ésta solía ocupar cuando aún vivía con ellos, algo le hizo detenerse. Había escuchado un ruido pero no podía reconocer qué era. El sonido había salido de la habitación a la que ella se dirigía. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la pequeña, y sin apenas ser consciente de ello, de repente sintió que algo iba mal.

Miró hacia atrás… quizás debería volver al jardín. Pero… el trébol se estropearía si no lo colocaba entre las páginas de un libro! Sin darse cuenta, de repente un grito salió de su garganta

-Mamá!!!!!

Miró hacia todos lados presa del miedo, pero nadie contestó. Seguía escuchando ese sonido extraño que salía de allí arriba. Haciendo acopio de valor, Lucía siguió subiendo las escaleras, con cuidado de no separar sus manos, y se dirigió hacia la habitación de su hermana. Cada vez el sonido era más claro pero ella seguía sin ser capaz de distinguir qué era lo que estaba retumbando en sus oídos. Cuando llegó al final del pasillo, vio la puerta de la habitación entreabierta pero, lejos de entrar saltando y gritando como había planeado, se limitó a acercarse sigilosamente hasta el umbral.

Sin separar las palmas de sus manos, empujó despacio la hoja, hasta que consiguió que uno de sus ojos captara lo que estaba sucediendo… Sentada en la cama, inmóvil, se hallaba su hermana. Sus manos tapaban por completo su rostro, y el pelo caía por ambos lados, creando una silueta que por un momento a Lucía se le antojó tenebrosa.

Se quedó inmóvil, en la puerta, sin saber qué hacer. Sus ojos clavados en aquel cuerpo, Lucía no daba crédito a lo que estaba viendo. De repente, la silueta se movió, y las manos dejaron al descubierto esos ojos que hasta entonces habían sido impenetrables. De repente, aquellas pupilas marrones se abrían en pedazos, y se hacían transparentes a la mirada perpleja de Lucía.

Sin poder apenas pestañear, la niña suspiró y en un instante comprendió lo que esos ojos habían escondido durante tantos años. Lentamente, abrió sus manos, fijó su mirada en el color verde del trébol y, al mismo tiempo que una lágrima se desparramaba en el centro de las cuatro hojas, susurró:

-Deseo que se acaben las lágrimas de mi hermana.

Todavía temblando de miedo, bajó al salón, se hizo con el libro más grande que encontró en la biblioteca, y con cuidado extendió el trébol entre sus hojas. Cerró el libro, lo volvió a colocar en su sitio, y ya tranquila, volvió al jardín y siguió jugando entre las flores.

Impresión post-vacacional

Siguiendo el hilo que ha empezado Japogo y ha continuado Sirventés, y todavía tocada por la depresión correspondiente a la “vuelta a la rutina”  que todos conocemos, se me antoja escribir algo sobre el tema y, siguiendo la sucesión de Fibonacci, sea este post la suma de los dos anteriores y por tanto, quede dedicado a sus autores.

Para los vagos que no habeis abierto los links anteriores, un pequeño resumen… el debate está en qué deberíamos hacer con nuestras preciadas vacaciones. Nos preguntamos por qué después de pasarnos todo el año madrugando  cada día y trabajando sin parar, cuando por fin conseguimos esos 15 días de “vacaciones” tendemos a convertirlos en días mucho más ocupados que los propios días laborables, y acabamos madrugando más, estresándonos más y cansándonos más que durante el resto del año, pues la lista de tareas pendientes y asuntos que finiquitar es mucho mayor que la que tienes cada día en la oficina. Así, en lugar de descansar, recuperarnos y retomar fuerzas para volver a empezar, llegamos a la vuelta a la rutina con las pilas completamente descargadas y nos cuesta incluso más volver a retomar el ritmo que seguíamos antes de las vacaciones.

Pensando en esto, te planteas si las vacaciones deberían dedicarse a no hacer nada. Efectivamente, como dice Sirventés, las vacaciones son para descansar, y eso lleva implícito el no hacer absolutamente nada. El problema es que eso (nada) ya es lo que hacemos durante todo el año, o al menos esa es la sensación que tenemos. Madrugamos todos los días y trabajamos una media de 8 horas diarias, pero tenemos la impresión de que no estamos haciendo nada. Por qué? pues porque los trabajos que tenemos no llenan nuestras vidas y al final tenemos la impresión de estar desperdiando nuestro tiempo. A su vez, nuestro horario de trabajo no deja tiempo para hacer otras cosas que realmente nos gusta hacer y que aportan algo a nuestra existencia, con lo que al final la sensación de “qué coño estoy haciendo con mi vida?” se convierte en un peso que no podemos soportar. Con ello, cuando llegan las vacaciones, intentamos plagarlas de actividades que nos hacen un poquito felices, de manera que al hacer balance a final de año podemos decir que al menos 15 días de los últimos 365 han merecido la pena.

Si optamos por la opción de no hacer nada en vacaciones, a la sensación de estar perdiendo el tiempo que nos genera nuestro trabajo hay que sumarle el remordimiento de no haber aprovechado los únicos días libres que tuvimos en todo el año y por tanto el balance de nuestra existencia se convierte en algo completamente desolador. Por suerte, tenemos el corte inglés abierto hasta las 10pm, así que siempre podemos acercarnos a hacer unas compras para alejar nuestra mente de ese tema tan escabroso.

En mi opinión, el problema está en nuestros puestos de trabajo. Es triste pensar que la mayoría de la población está desempeñando un trabajo que no le gusta, y lo que es peor, que no le aporta gratificación alguna que no sea el dinero que gana.  Lo peor es que ese dinero no puede utilizarlo para hacer las cosas que sí le gustan porque no tiene tiempo, así que decide invertirlo en un coche, en ropa de marca o en alcohol, ya que eso le proporciona ciertos momentos de satisfacción que le hacen olvidar el resto. También hay quien lo invierte en una vivienda, que es la opción más eficaz ya que esto además le regala la excusa perfecta para no poder hacer nada más porque ya ni siquiera tiene dinero.

Con esto llegamos al punto de discusión que se repite una y otra vez, y que nunca llega a ninguna conclusión. Merece la pena ganar un buen sueldo o construirte un buen cv si lo que haces día a día no te satisface? o es preferible estar a gusto en el día a día pero luego no poder hacer otras cosas porque tu sueldo no te lo permite?  Es posible tener un trabajo que te guste, con un buen sueldo y que engord tu cv y que además te deje tiempo para tus hobbies? y por último… merece la pena estar pringando en un trabajo durante años para poder ascender y llegar a ese puesto “ideal”  al final de tu carrera o es más rentable cambiar de trabajo cuando te canses de él aunque eso suponga empezar otra vez desde abajo y asumir que nunca vas a llegar a la cima?

La respuesta a todas estas preguntas es y será siempre confusa, dependerá de tu situación personal, del momento y del lugar, y tu opinión irá cambiando a lo largo de tu vida, especialmente a la vuelta de tus vacaciones.  Por mi parte, en este preciso momento, creo que el hecho de poder decir que a mí sí me gustan los lunes es todo un logro, y no es comparable a la satisfacción que me generaría el hecho de poder comprame una casa. Aún así, mi condición de “culo inquieto” empieza a pedirme cambios en mi vida, y eso genera el siguiente debate sobre el pájaro en mano que dejaremos para un post futuro.

En este momento de mi vida, mi opinción es que no es necesario llegar a la cima siempre y cuando estés a gusto moviéndote en horizontal alrededor de la parte central de la pirámide, y no es rentable pasarse una vida escalando y sufriendo para llegar arriba sin aliento y sin fuerzas. Sí me gustan los retos, y admiro a quien hace un enorme esfuerzo para llegar a una meta. Ahora bien, si ese esfuerzo tiene que durar toda una vida, entonces me lo pienso.

De todas formas,  quizás mañana opine lo contrario.


 

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